lunes, 29 de agosto de 2011


TOMAR LA DECISIÓN PARA BUSCAR PSICOTERAPIA
La decisión para entrar a psicoterapia nunca es sencilla. Buscar ayuda para solucionar problemas emocionales e interpersonales es considerada por algunos como reflejo de debilidad o dependencia inapropiada. Se cree equivocadamente que debemos poder trabajar sobre esas cosas nosotros mismos y que sería algo embarazoso (o de miedo) darse cuenta de que la vida se ha salido de control.
La experiencia de perder el control esta asociada con miedo, ansiedad, tristeza personal y enojo impredecible. Nos sentimos empujados y tirados por fuerzas internas donde perdemos nuestra capacidad de responder positivamente incluso a las actividades cotidianas más simples. La sensación de estar fuera de control a menudo resulta de tener que responder a eventos externos intensos imposibles de manejar, por ejemplo: cuando alguien muere, nos enfrentamos con el hecho de lidiar cara a cara con la muerte sin entrenamiento previo de dicha área.   Las decisiones necesitan ser tomadas  y las relaciones mantenidas a un paso que literalmente abruman la capacidad del doliente de responder eficientemente. Ansiedad, agobio, fatiga y una sensación de desesperación invaden la vida emocional de las personas. Él o ella dicen “me siento fuera de control” a manera de poder explicar las sensaciones complejas de enfrentar espontáneamente a una nueva y exigente situación. La sensación de estar fuera de control también puede provenir de ser inconscientes de los fenómenos emocionales y conductuales significativos que están afectando la mente consciente. Como si tuviéramos una visita invisible dentro de nuestra casa, que interfiere con nuestra rutina diaria y permanece más allá de nuestro control y capacidad de influir sobre lo que se hace. Sufrimos las consecuencias de su fuerza quebrantadora, nos sentimos asustados y paranoicos de que nunca podremos saber que hará después. Debido a la angustia de tener a este huésped invisible en casa perdemos la capacidad de actuar y pensar clara y racionalmente y nos obsesionamos tratando de controlar o someter a este visitante invisible desperdiciando cantidades increíbles de energía y tiempo y como es invisible estamos condenados a fallar incluso abogando y pidiendo a Dios ayuda. Cuando hemos usado todas las estrategias conocidas nos empezamos a sentir cada vez más desamparados e impotentes. La confianza de nosotros mismos se erosiona y encontramos que cualquier refugio es preferible a la vulnerabilidad de compartir espacio vivo con una fuerza más allá de nuestro control. Algunos beben, algunos toman tranquilizantes, algunos explotan hacia fuera violentamente, en cierto punto cualquier cosa es mejor a no tener más un cielo tranquilo en cual vivir.
Con el tipo correcto de conocimiento y con suficiente comprensión de cómo nuestras experiencias de vida nos han llevado a este punto, el visitante  invisible se convierte en algo visible y en esta medida pierde su poder de asustarnos y podemos empezar una relación productiva con él, puede que no se vaya pero podemos aprender a darle su propio espacio y no sufrir su influencia.
Difícilmente este conocimiento y entendimiento se puede alcanzar sin  ayuda, podemos sentirnos perdidos dentro de nuestra propia casa drenada por las tentativas vanas de ver algo que esta más allá de nuestra visión y que solamente un forastero puede verter cierta luz en nuestro área personal de obscuridad. Es aquí donde la psicoterapia puede ser de gran ayuda, el psicoterapeuta idealmente debe ser una persona que ha tomado los soplos de la vida con ayuda de otra gente y ha encontrado la manera de vivir más o menos con éxito en compañía de los visitantes invisibles que van y vienen constantemente. El terapeuta es en un sentido un maestro quien ha estado allí antes, según la definición japonesa de la palabra. Un curador herido, alguien que puede compartir conocimiento y experiencia y no solo adoptar una postura  impersonal de superioridad y omnipresencia.
Con el flujo continuo de acontecimientos de la vida es inevitable que sintamos de vez en cuando que estamos fuera de control, no existe un punto donde podamos decir esta bien, es lo que es y lo hice. Una vez que un nivel de perfección o satisfacción se ha alcanzado uno nuevo viene empujando dentro de nuestra consciencia y demandando nuestra atención. Cada crisis es apenas otra oportunidad de desarrollar mayor comprensión de uno mismo y abrirse niveles más profundos de conocimiento personal. El objetivo último de tal conocimiento es la armonía. La armonía es estar viviendo con los amortiguadores de choque psicológico en vez de tratar de encontrar esa trayectoria sin tropezones y agujeros.
Nos sentimos fuera de control porque el envase que es nuestra mente consciente resiste y rechaza crecer, prefiere lo conocido y lo familiar. Nuestras experiencias de la vida empujaran constantemente a este envase llevándonos a sentir que esta a punto de estallas. Así como el escultor tiene que trabajar la arcilla para ser moldeada, nosotros tenemos que trabajar este envase con esfuerzo y paciencia apropiada para ablandarlo y hacerlo más flexible, en cuanto más suave sea más grande será el espacio para los visitantes desconocidos.
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